Pizza Margarita en Florencia, Italia.

Tratar de no estancarme en la misma rutina culinaria, muchas veces puede convertirse en un verdadero desafío., porque cocinando bajo presupuesto, es muy fácil caer en la misma rutina repitiendo platillos.

 

Pollo y arroz, por ejemplo, representa zona de comodidad para mí (y creo también lo es que para muchas otras personas que cocinan comida casera).

 

Para ahorrar, compramos pollos enteros y los corto en partes. Siento que puedo sacar mas provecho del pollo que yo misma desmenuzo, que del que viene empaquetado en partes (paquetes de pechuga, piernas, muslos, etc.). He notado que regularmente termino cocinando algún platillo que incluye pollo y arroz por lo menos una vez a la semana.

 

Así que, hace unas noches, para salir de la rutina, decidimos divertirnos un poco con la cena y hacer pizza casera.

 

Mientras mi esposo y yo extendíamos la masa, en su debida forma circular, no muy perfecta, por cierto, recordé el viaje que hice con mi mamá por toda Europa hace un par de años; específicamente, recordé nuestro tiempo en Italia.

 

Comenzamos nuestra jornada italiana en Roma. Luego viajamos a Florencia por tren; después fuimos a Pisa y, finalmente, a Venecia. Pero fue nuestro tiempo en Florencia el que causó el mayor impacto en mi mamá y en mí.

 

Me di cuenta desde el principio que, a pesar de que mi mamá estaba en medio de una aventura viajando por Europa, no estaba tan dispuesta a aventurarse fuera de su zona de comodidad en un detalle. Estábamos en Roma cuando nos sentamos a comer y le pregunté si ella quería comer un trozo de pizza.

 

-¡Estamos en Italia, mamá! ¡Tenemos que probar pizza!

 

Pero ella simplemente se negó a comer pizza de cualquier tipo. Dijo que no le gustaba.

 

Así que en Roma, disfrutamos de otros platillos italianos – pastas, panes, calzones, carbonara, etc.

 

En Florencia, nos alojamos en un hotel que estaba en una zona céntrica, en donde pudimos salir y caminar a donde quisiéramos.

 

Entramos a diferentes tiendas y la gente local hablaba con nosotros – sin saber si hablábamos italiano – . Ayudaba un poco que yo he estudiado el idioma, y la única palabra que mi mamá sabía decir era “ciao”, así que ella constantemente saludaba y se despedía de la gente.

 

Un día, mientras caminábamos, viendo la hermosa arquitectura de Florencia, entramos a una tienda, y entablamos conversación con el dueño del establecimiento. Le dije que mi madre me había llevado a viajar por Italia; y el me dijo cuanto deseaba poder llevar a su madre a pasear por México.

 

Así que en mi italiano a medias, le pedí que nos recomendara un lugar en el que mamá y yo podíamos ir a comer. Le dije que quería ir a un restaurante que la gente local disfrutaba – no sólo a donde van turistas.

 

Nos dijo que en la “Piazza del Duomo” – la plaza junto a la Catedral de Santa María del Fiori (el Duomo), – habia un restaurante del que su amiga era la dueña, y que a menudo come ahí, nos prometió que disfrutaríamos la experiencia.

 

El chico nos acompañó a la zona de la plaza – a nuestra derecha estaba el Duomo, y a la izquierda había restaurantes, todos con mesas y sillas afuera de los locales, al aire libre, era tan “Italia”, tan perfecto, en un día con un clima tan precioso.

 

Cuando entramos en la explanada, hice lo que siempre hago cuando busco un buen lugar para comer: Busqué el restaurante con mas gente.

 

Qué coincidencia – el lugar con la mayoría de los clientes era el mismo lugar que nuestro nuevo amigo nos había recomendado.

 

Así que mamá y yo encontramos una mesa libre y nos sentamos.

 

Cuando nuestra camarera vino a tomar la orden, nos dijo de las ofertas del día, una de las cuales, era un descuento especial en pizzas. Me emocioné y voltee a mi mamá y le dije: “Mami, esta es tu oportunidad! Puedes probar su pizza!”

 

Ella finalmente empezó a ceder. Mi objetivo durante nuestro tiempo en Florencia era conseguir que mi mama probara pizza, y puedo decir que en ese momento lo estaba logrando.

 

“Si pruebo la pizza,” ella explicó. “Tiene que ser una sencilla.”

 

Asentí con la cabeza mostrando mi acuerdo.

 

“No me gustan todas esas capas de condimentos”, agregó. “Y la masa tiene que ser delgada. No me gusta la masa gruesa.”

 

Ella ni siquiera sabía que estaba describiendo un artículo con el que ya estaba familiarizada, pero la dejé que me explicara, y luego le dije que en el menú tenían Pizza Margherita (Margarita), que es una masa fina y crujiente con salsa de tomate, queso mozzarella y albahaca.

 

Ella pidió algún tipo de pasta, pero dijo que probaría mi plato e íbamos a compartir.

 

La camarera notó la vacilación de mi mamá cuando mencionamos la pizza, e inmediatamente le dijo: “Le va a gustar esta pizza!… Si no le gusta, no tiene que pagarla. Le prometo que le gustará.”

 

Cuando la comida llegó a la mesa, todavía tuve que hacer un poco de labor para convencer a mi mamá para probar la pizza, pero cuando ella finalmente dió la primera mordida a una rebanada, sus ojos se iluminaron como una noche de luna llena en Roma.

 

“¡Esto no es pizza!” Exclamó. “Esto es algo que nunca había probado antes.”

 

Era perfecta, desde la superficie de la masa, hasta la salsa y los condimentos; todo era como una sinfonía culinaria.

 

La salsa era dulce, pero perfectamente equilibrada, fusionando todos los ingredientes frescos, era una explosión de deliciosos sabores. La base era increíblemente crujiente.

 

Cuando la mesera regresó y nos preguntó sobre nuestra experiencia, mi mama le respondió con algunas nuevas palabras en italiano que había aprendido en el pasado.

 

“Bella!” Gritó ella. “Bellísima!”

 

La mesera quedo encantada por su respuesta, lo que provocó una especie de amistad entre nosotras tres. Mi mamá tendía a conseguir esa reacción por todas partes a donde íbamos – todo el mundo parecía genuinamente amarla y mostrarle mucho respeto en cuanto la conocían.

 

La mesera regresó con un postre especial, diciendo que era cortesía de la casa.

 

Después de otra breve conversación con ella, nos dimos cuenta de que la mujer que nos había atendido todo el tiempo era la dueña del restaurante – la misma persona, amiga del hombre que habíamos conocido mas temprano ese día.

 

Desde ese punto en el viaje hacia adelante, mi mama no quiso comer ninguna otra cosa, sino la Pizza Margherita, por todas partes a donde fuimos.

 

Volvimos al mismo restaurante varias veces antes de nuestra salida de Florencia, de hecho, mi mamá fue tratada como “Super Estrella” cada vez que regresamos. Ella tuvo una conexión especial con la gente de Florencia, aunque no hablaba el idioma, fue hermoso ver cómo la comunicación trasciende las palabras.

 

Yo estaba feliz de ver a mi mamá feliz. Me hace sonreír el solo recordarlo.

 

Nuestro tiempo en Florencia fue algo que nunca olvidare, y me ayudo a entender que la simplicidad de las cosas, muchas veces muestran otras cosas mas complejas.

 

Las comidas con los mas simples ingredientes, son muchas veces los mejores. En el mundo de las pizzas, en la vida. Puede ser que pienses que no tienes mucho que dar, no importa, mientras lo que sea que tengas, sea de la mejor calidad.

 

Igual que esta receta de Pizza Margarita!

 

Disfrútala!

 


 

Pizza Margherita (Margarita)

Masa:

 

1 Paquete de levadura activa

2 1/4 Tazas de harina de trigo

3/4 Tazas de Agua tibia

1 Cucharadita de sal

½ Cucharada de Aceite de oliva

 

Salsa:

 

5 Tomates pelados enteros o una lata de puré de tomate

2 Dientes de ajo

Un manojo de albahaca fresca

Un manojo de Perejil fresco finamente cortado

Un manojo Orégano fresco finamente cortado

1/4 Taza de Azúcar

2 Cucharada de aceite de oliva

Sal

Pimienta

1/3 Taza de queso Mozzarella. Si es fresco, córtalo en rodajas

 

PREPARACIÓN:

 

Masa: 

En un tazón mezcla la levadura, 1 Cucharada de harina y 1/4 Taza de agua tibia, cubre, dejando reposar durante unos 10 minutos (la mezcla debe obtener una textura cremosa pasados los 10 minutos).

 

Agregue lentamente la otra 1/2 Taza de agua, 2 Tazas de harina, aceite de oliva y sal, mezcle hasta que quede suave y un poco pegajoso. Si estas haciéndolo a mano, revuelve mezclando bien los ingredientes, amasando durante unos 5 minutos. La textura debe ser suave, elástica y un poco pegajosa.

 

Coloca en un recipiente engrasado y cubre con trozo de plástico. Deja reposar en un lugar fresco durante aproximadamente 2 horas.

 

Pre calienta el horno y ajusta a 475 * F, dejando las rejillas lo más bajo posible en el horno.

 

Si tiene piedra para hornear pizza, colócala en el horno de precalentamiento (475 * F)

 

Si no tienes piedra para hornear pizza, puedes utilizar una bandeja grande para hornear. Colocala en el horno para que se caliente mientras preparas la pizza afuera.

 

Corta una hoja de papel de horno (también llamado papel vegetal o papel sulfurizado), que sea del mismo tamaño de la bandeja en una superficie plana (en donde prepararas la pizza). Espolvorea un poco de maicena en el fondo y colocar la masa ya aplanada y con forma circular en la parte superior de la misma.

 

Si el borde de la masa se empalma con los bordes de la bandeja para hornear, intenta colocar la bandeja al revés (dejando la parte hueca hacia abajo).

 

Salsa de tomate:

 

En un sartén grande calienta (calor medio) el aceite de oliva. Saltea la cebolla y el perejil hasta que estén dorados, luego añade el ajo y el orégano durante unos segundos. Añade los tomates, aplastándolos, agrega sal y pimienta. Revuelve y deja hervir hasta que espese. (5-7 minutos)

 

Formación de la masa:

 

Una vez que esté listo para hornear la masa. Amásala, formando en una bola y aplástala, moldeándola y sobándola con tus dedos, estirándola en un forma circular delgada. Si es necesario, pon un poco mas de harina tus dedos. Trata de hacer la masa tan delgada como sea posible, alrededor de 1/16-inch o menos.

 

Extiéndela sobre el para hornear y deja reposar durante unos 10 minutos.

 

Montaje de la pizza:

 

Extiende la salsa, no en exceso, cuidando las orillas. A continuación, extiende el queso alrededor de la pizza, y hornear de 10-15 minutos.

 

Cuando la masa de la base se ha dorado (se ve crujiente), el queso es dorado y esta burbujeando está lista!

 

Cuidadosamente, saca la pizza del horno y transfiérela a una tabla de cortar. Dejar enfriar durante varios minutos.

 

Espolvorea las hojas de albahaca antes de cortar y a disfrutar!

 

Prueba esta receta y comparte con nosotros tu experiencia con #johastable 

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Pizza Margherita in Florence

I try not to get in culinary ruts, which can be a real challenge. When cooking on a budget, a rut is a pretty easy thing to get in to.

Chicken and rice, for example, is a comfort zone for me (and many other home cooks, really).

To save money, we purchase whole chickens and break them down. I find that the chicken I butcher myself goes much further than a package of just breasts, or just quarters, and it costs less. I end up cooking a chicken dish with rice at least once a week.

So, in order to stay out of a rut, we decided to have a little fun with dinner the other night and made pizza with a homemade dough.

As my husband and I stretched the dough out into un-perfect circular shapes, I was reminded of the trip I took with my mother across Europe a couple of years ago; more specifically, I remembered our time in Italy.

We began our Italian leg of the trip in Rome, then we traveled to Florence by train; then on to Pisa and, lastly, Venice. But it was our time in Florence that made the biggest impact on my mom and me.

I realized early on that my mother, though on an adventure traveling through Europe, was not ready to venture out of her comfort zone. We were in Rome when we sat down to eat and I asked her if she wanted to have some pizza.

“We’re in Italy, mom! We have to have some pizza!”

But she simply refused to eat pizza of any sort. She said that she didn’t like it.

So in Rome, we enjoyed other Italian foods – pastas, breads, calzones, carbonara, etc.

In Florence, we stayed in a hotel that was in a centralized area and were able to leave and walk wherever we needed to go.

We walked into and out of different local shops and locals would speak to us – not knowing we didn’t speak Italian. Though I was learning the language, the only word my mother knew was “ciao,” so she constantly said hello and goodbye to people.

One day as we walked around looking at the beautiful architecture of Florence, we ventured into a shop and struck up a conversation with the shop’s owner. I told him my mom was bringing me across Italy; he said he wished he could bring his mother to Mexico and explore.

Then, in a very broken Italian language, I asked where my mother and I should go to eat. I told him I wanted to go to a restaurant that locals enjoy – not where only tourists go.

He pointed us toward the Piazza del Duomo – the plaza near the Cathedral of Santa Maria dei Fiori (the Duomo) – and told us of a restaurant where his friend was the owner. He said he often eats there and promised we would enjoy it.

The guy walked us to an esplanade area – to the right of us was the Duomo and to the left was a slew of restaurants, all with outdoor seating, which was so Italy, and so perfect on a day with beautiful weather like that one we were having.

As we walked out into the esplanade, I did what I always do when searching for a good place to eat: I looked for the restaurant with the most people.

What a coincidence – the place with the most customers just happened to be the place our new friend had recommended.

So mom and I found a table and sat down.

When our waitress came to take our order, she told us of the day’s specials, one of which was a special price for pizzas. I excitedly turned to my mom and said “this is your opportunity, mom! You can try the pizza!”

She finally started to cave in. My goal of the trip through Florence was to get my mother to try pizza, and I could tell I was beginning to wear her down.

“If I try pizza,” she explained. “It has to be something simple.”

I nodded in understanding.

“I don’t like all those toppings,” she added. “And the dough has to be thin. I don’t like the thick dough.”

She didn’t even know she was describing an item I was already familiar with, but I let her talk and then I told her I was going to get the Pizza Margherita, which is a thin, crispy dough with tomato sauce, mozzarella cheese and basil.

She ordered some type of pasta, but said she would try my dish and she would share some of hers with me.

The waitress noticed my mom’s hesitation at the mention of pizza and immediately told her, “you will like this pizza! If you don’t like it, you don’t pay for it. I promise you will like it.”

When the food arrived at the table, I still had to do a little convincing to get my mom to try the pizza, but when she finally bit into a slice, her eyes lit up like a perfect moonlit night in Rome.

“This is not pizza!” she exclaimed. “This is something I’ve never tried before.”

It was perfect, from the crust to the dough to the sauce and toppings; everything was like a culinary sonata.

The sauce was sweet, but perfectly balanced to meld with the fresh ingredients and exploded with flavor. And the crust was amazingly crisp.

When the waitress came back and asked us how the dining experience was, my mother chimed in with a few new Italian words she had learned.

“Bella!” she shouted. “Bellisima!”

The waitress was delighted by her response, which sparked a friendship of sorts between the three of us. My mom tended to get that reaction everywhere she went – everybody seemed to genuinely love her and showed a great deal of respect to her.

The waitress came back with a special dessert, saying it was courtesy of the restaurant.

After another brief conversation with her, we realized that the woman who had been waiting on us the whole time was the owner – the same person who was friends with the man we’d met earlier that day.

From that point in the trip forward, my mom didn’t want to eat anything but Pizza Margherita, everywhere we went.

We revisited the same restaurant several more times before our time in Florence was done, and my mom was treated like a superstar each time. She really connected with the people of Florence, even though she didn’t speak the language. It was beautiful to see how communication can transcend words.

I was really happy to see my mom really happy. I smile just thinking about it.

Our time in Florence is something I’ll not soon forget, and it helped me understand that sometimes a thing’s simplicity can show a real complexity.

The items with the simplest ingredients are sometimes best. In the world of pizza, and in life; you may not think you have a lot, but what you do have, you can make it the best quality.

Just like this recipe for Pizza Margherita!

Enjoy!


 

Pizza Margherita

 

Dough:

1 Package of active yeast

2 1/4 Cups of all-purpose flour

3/4 Warm water

1 tsp salt

1/2 Tsp Olive Oil

 

Toppings:

5 Whole peeled tomatoes or a can of tomato puree

2 Garlic cloves

A bunch of Fresh Basil

Fresh Parsley

Fresh Oregano

1/4 Sugar

2 Tsp Olive Oil

Salt

Pepper

1/3 Cup Mozzarella cheese. If it is fresh cut into slices

 

PREPARATION:

 

Dough:

In a mixing bowl stir yeast, 1 tablespoon of flour, and 1/4 cup warm water, cover and let it rest for about 10 minutes (it should get a creamy texture).

Slowly add the other 1/2 water, 2 cups of flour, olive oil and salt, mix until smooth and a little sticky. By hand, stir to blend and knead for about 5 minutes. The texture should be soft, elastic and a little sticky.

Place in an oiled bowl and cover with plastic wrap. Let it rest in a cool place for about 2 hours.

Pre heat oven and set to 475*F and set the rack as low as possible in oven.

If you have a pizza stone, place it into the pre heat oven (475*F)

If you don’t have a pizza stone, You can use a cookie sheet.

Cut a sheet of parchment paper the same size of the cookie sheet on a large cutting board. Sprinkle corn meal and place the dough on top of it.

If the edge of the crust tops the cookie sheet, try placing the pizza on a cookie sheet that has been turned upside down.

 

Tomato Sauce: 

In a large skillet heat (medium heat) the olive oil. Sauté onion and parsley until golden, then add the garlic and oregano for a few seconds. Add tomatoes, smashing them, and add salt and pepper. Stir and let it boil until it gets thick. (5-7 minutes)

 

Forming the dough:

Once you are ready to bake the dough. Knead it, form it into a ball and flatten, shaping and patting it with your fingers and stretch into a thin round disc. If it is necessary, re-flour your fingers. Try to make the dough as thin as you can, about 1/16-inch or less.

Spread over pan (or sheet parchment). Let it rest for about 10 minutes.

 

Assembling the pizza:

Spread the sauce, not in excess and taking care of the borders. Then spread the cheese, and bake it for between 10-15 minutes.

When the dough is browned, crispy, and cheese is golden and you see bubbles is ready!

Carefully, take the pizza out of the oven and transfer it to a cutting board, in order to serve it. Let is cool for several minutes.

 

Sprinkle your basil leaves before slicing and enjoy!

Johambalaya – Primer viaje a Estados Unidos (Louisiana)

Hoy, estaba revisando dentro de la nevera, pensando en ideas para la cena. Había algunos productos que sabía que tenía que usar pronto, antes de que expiraran, así que decidí experimentar poniendo verduras frescas de nuestro jardín, con arroz, salchichas y algunos otros artículos.

 

Cuando mi esposo volvió a casa del trabajo, entró a la cocina y abrí la olla para mostrarle mi “experimento”.

 

Vio dentro de la olla, y me dijo con indiferencia: “oh, hiciste jambalaya”.

 

“No”, pensé. No hice jambalaya. Acabo de cocinar arroz con tomates frescos, salchichas y otros artículos que tenía en la nevera.

 

Entonces pensé un poco más en su afirmación – me di cuenta que esa mezcla era básicamente jambalaya: una combinación de sabores “cajún” con arroz y carne.

 

Así que comencé a pensar en mis primeras visitas a los Estados Unidos.

 

En 2010, dejé mi trabajo como analista político para una firma de cabildeo en la Ciudad de México para convertirme en misionera. Asistí a un entrenamiento misionero en Singapur. La primera etapa de ese viaje inicial tuvo una parada de tres semanas en Louisiana – mi primera visita a Estados Unidos.

 

Fue de hecho, durante ese viaje que conocí al hombre que años mas tarde se convertiría en mi esposo.

 

Como una de los tres misioneros en nuestro camino de México a Singapur, fuimos invitados a un almuerzo/entrevista para el periódico local con “Mr. Williams.

 

Una adolescente de una de las iglesias que visitamos, Shelbi, nos dijo que había estado tomando clases de periodismo con el editor del periódico local, el Señor Williams.

 

En mi mente, cuando oí hablar del profesor / periodista, me imagine a un hombre viejo, probablemente aburrido. Sin embargo, cuando llegamos a la casa para el almuerzo me di cuenta que estaba muy equivocada – él era de la misma edad que yo, y no tenia nada que ver con lo que mi imagine.

 

Rápidamente nos hicimos amigos y nos mantuvimos en contacto a través de los años. Cada vez que yo regresaba a los Estados Unidos, el estaba en mi lista de amigos con los que trataba de encontrarme. También nos mantuvimos en contacto a través de Skype, correo electrónico, postales y FaceTime.

 

En ese momento, mi inglés no era muy bueno y me faltaba confianza en el idioma, así que no pensé que podría pronunciar correctamente su nombre de pila, “Aaron” (En ingles), así que simplemente siempre lo llamaba “Mr. Williams.

 

Durante ese viaje inicial a Louisiana, había una larga lista de cosas que los locales me dijeron que necesitaba hacer – y entre las prioridades de mi lista estaba comer ciertos alimentos, uno de los cuales era “jambalaya”.

 

También fuimos a un pantano, visitamos una plantación, probamos cocodrilo, disfrutamos beignets en Nueva Orleans, visitamos Louisiana State University (La Universidad Estatal de Louisiana), y vimos su mascota, Mike, el tigre que vive en el campus, entre otras cosas.

 

Aprendí que la gente en el sur de los Estados Unidos, especialmente en Louisiana, se enorgullece de su comida. Y Louisiana ofrece una mezcla única de sabores y alimentos. La primera vez que probé jambalaya fue en la ciudad de Gonzales, con una buena amiga, la señora Carolyn. Ella nos llevo a un pequeño lugar llamado “The Jambalaya Shoppe”, y no pude evitar ver el plato de arroz, su color y textura, y debatir mentalmente si debía o no meter la cuchara al plato.

 

Me recordó un poco al Arroz Con Pollo (un plato venezolano muy común en toda casa a lo largo del país), aunque su aspecto era un poco seco. El color tampoco era el mismo. Venia servido con pan como guarnición – no tenía sentido para mí, era arroz seco con pan seco… Ninguna de mis experiencias culinarias previas me decía que iba a disfrutar esto.

 

Pero como en cualquier otro momento que he probado nuevos alimentos en otros países, volteé a ver a mi alrededor cómo otros disfrutaban sus platos. Algunos añadían sal y pimienta, otros salsa picante, salsa Tabasco (Que por cierto es de aquí de Louisiana!), otros incluso colocaban el arroz en el pan. Pero una cosa que pareció unánime, es que lo disfrutaban y hacían verlo como un buen platillo. Así que tome una cuchara y comí, y para mi sorpresa, estaba húmedo y explotó en mi paladar un muy buen sabor.

 

Unos días más tarde, fui invitada a asistir a una reunión con otras personas de una iglesia en la misma ciudad de Gonzales. Cuando llegué allí y vi la variedad de alimentos, vi jambalaya de nuevo.

 

La probé, y aunque era diferente de la que había comido pocos días antes, también fue deliciosa. El color era más rojo que la primera, y parecía tener más carnes.

 

Me encontré comiendo jambalaya en casi todos los eventos que asistí a la zona de Baton Rouge durante ese viaje, y durante mis estancias en Louisiana en los últimos años.

 

Me di cuenta de que cada jambalaya era diferente. Cada vez que probaba el platillo, había algo nuevo, algo diferente – al igual que las personalidades de los chefs/cocineros que las prepararon.

 

Así que cuando mi esposo vio mi recién hecho platillo, y dijo que pensaba que parecía jambalaya, le dije que eso no era lo que había cocinado. Era un plato con muchas similitudes, aunque tenia toquecitos de mi ascendencia mexicano-venezolana, una pizca de mi propia personalidad, y un montón de “esto es lo único que teníamos en la nevera”! jaja

 

Se rió y dijo, “Oh, entonces es ‘Joha’-mbalaya.”

 

Así que aquí está la receta de jambalaya con mi toquecito personal… esto es Johambalaya!

 

 

JOHAMBALAYA

(2-3 personas)

 

½ Kg de Salchicha ahumada, cortada en rodajas

1/2 Cebolla roja, cortada en julianas

2 Tallos de cebollín picada finamente

2 Diente de ajo finamente picado

1 Tomate, picado en pedacitos

1 Tallo de apio

¼ Kg de Champiñones limpiados y cortados en mitades.

1 Taza de arroz

½ Taza de caldo de pollo

Una pizca de comino

Una pizca de pimienta de Cayena

1 cucharadita de Salsa inglesa

Un ramito de Perejil fresco

Sal

Pimienta negra

 

INSTRUCCIONES:

 

En un sartén grande, a fuego medio-alto, saltea la salchicha ahumada hasta que esté dorada por todos los lados. Saca del sartén y mantener a un lado.

En una olla separada, vierte 2 tazas de agua y lleva a punto de ebullición. Cuando el agua comience a hervir, agrega el arroz, agrega un poco de sal, baja la llama, y pon una tapa en la olla. Deja cocinar por unos 10 minutos. Una vez que es suave, retira del fuego.

En la sartén donde se cocinó la salchicha, con la grasa de la salchicha todavía en el sartén, saltea la cebolla roja y el cebollín, el apio y los champiñones por cerca de 4 minutos.

A continuación, agrega el ajo (no lo añadí al principio porque tiende a quemarse si se fríe durante demasiado tiempo). Cocina hasta que las verduras cambien a un color dorado (no quemado).

Agrega el tomate, el comino, la pimienta de cayena, la salsa inglesa, el perejil fresco, sal, pimienta, y aproximadamente 2 cucharadas de caldo de pollo.

Combina cuidadosamente el arroz cocido y la mezcla vegetal. Si la mezcla parece demasiado seca, añade poco a poco el caldo de pollo, dándole tiempo para ser absorbido. Pon la tapa durante unos 5 minutos a fuego lento.

Prueba para confirmar si es el sabor y la consistencia deseada.

Retira del fuego, agrega más sal si es necesario y sirve acompañado de pan de maíz si es posible, y la salsa picante!

 

Prueba esta receta y comparte con nosotros tu experiencia a través de #johastable

 

Johambalaya

Today, I was going through the refrigerator figuring out dinner ideas. There were several items that I knew I was going to have to use soon and decided to experiment by throwing together fresh vegetables from our backyard garden, with rice, sausage and a few other items.

When my husband returned home from work and settled in, I opened the pot and showed him my “experiment.”

He looked down and nonchalantly said, “oh, you made jambalaya.”

“No,” I thought. I didn’t make jambalaya. I just cooked rice with fresh tomatoes, sausage and other items I had available.

Then I thought a little more about his assessment – that’s basically what jambalaya is: a cacophony of Cajun flavors with rice and meat.

And then I started thinking about my first couple of visits to the United States. In 2010, I quit my job as a political analyst for a lobbying firm in Mexico City to become a missionary. I attended a missionary training in Singapore. The first leg of that initial trip made a three-week stop in Louisiana – my first trip to the states.

It was actually during that trip that I met the man that would become my husband.

As one of three missionaries on our way from Mexico to Singapore, we were invited to a lunch/newspaper interview with “Mr. Williams.”

A teenage homeschooled girl, Shelbi, from one of the churches we visited told us that she had been taking journalism classes given by the local newspaper’s editor, Mr Williams. In my mind, when I heard about the teacher/newspaperman, I pictured an old, probably boring, man, but when we arrived at the house for lunch I realized I was very wrong – he was around the same age as me, and not at all what I imagined. We quickly became friends and stayed in touch throughout the years. Every time I came back to the U.S., he was on my list of friends I would try to meet up with. We also stayed in touch through Skype, emails, postcards and FaceTime.

At the time, my English was not very good and I lacked any confidence in the language, so I didn’t think I could correctly pronounce his first name, Aaron, so I simply always called him “Mr. Williams.”

So during that initial trip to Louisiana, there was a long list of things locals told me I needed to do – and on the top of that list was to eat certain foods, one of which was jambalaya. We also went on a swamp tour, visited a plantation, tasted alligator, enjoyed beignets in New Orleans, visited Louisiana State University and saw their mascot, Mike, the live tiger on campus, and more.

I learned that people in the South, especially in Louisiana, take pride in their food. And Louisiana offers a unique blend of flavors and foods.

The first time I tried jambalaya was in the city of Gonzales, with a good friend, Mrs. Carolyn. She brought us to a little place called The Jambalaya Shoppe, and I couldn’t help but to simply look at the rice dish, its color and texture, and debate whether or not I should just dig in.

It reminded me a little bit of Arroz Con Pollo, a Venezuelan dish, but its appearance was a bit dry. The color wasn’t the same either. And it came with bread – it didn’t make sense to me. None of my food experiences told me I would enjoy this.

But just like any other time I’ve tried new foods in other countries, I looked around to see how others enjoy the dish. Some added salt and pepper, some added hot sauce, some Tabasco sauce, some even placed the rice in the bread; but one thing seemed unanimous, it was good. So I grabbed a spoon and ate it, and to my surprise, it was moist and exploded with flavor.

A few days later, I was invited to attend a party with some people from a church in the same city of Gonzales. When I got there and looked at the array of foods, I saw jambalaya again.

I tasted this one, and though it was different than the one I had eaten just a few days prior, it too was delicious. The color was redder than the first, and it seemed to have more meats.

I found myself eating jambalaya at nearly every event I attended around the Baton Rouge area during that trip and throughout my stays in Louisiana over the years.

I realized that every jambalaya was different. Every time I had a taste of the dish, there was something new, something different and beautiful – just like the personalities of the chefs that prepared them.

So when my husband looked at my dish and said he thought it looked like jambalaya, I told him that wasn’t what it was. It was a dish with lots of similarities, but I threw in hints of my Mexican-Venezuelan ancestry and a dash of personality, and a lot of “this is just what we had in the refrigerator.” Haha

He laughed and said, “Oh, so it’s ‘Joha’-mbalaya.”

So, here’s a recipe for my twist on jambalaya; it’s Johambalaya!


 

JOHAMBALAYA

(feeds 2-3 people)

 

1 lb of Smoked Sausage, sliced

1/2 Red Onion, cut

2 Stalks of Green Onion finely chopped

2 Cloves of Garlic finely chopped

1 Tomato, cut

1 Stalk of celery

1/2 lb Mushrooms cleaned and cut in half.

1 Cup of rice

1 Cup of Chicken Stock

A pinch of Cumin

A pinch of Cayenne pepper

1 tsp of Worcestershire Sauce

Fresh Parsley

Salt

Black Pepper

 

In a big pan, on medium-high heat, sauté the smoked sausage until browned on all sides. Take out of the pan and keep aside.

In a separate pot, pour 2 cups of water and bring to boil. When the water starts boiling, add rice, add some salt, and bring the heat to low and put a lid on the pot. Let it cook for about 10 minutes. Once it is soft, turn off the heat.

In the pan where the sausage was cooked, with the sausage’s grease still in the pan, sauté the red and green onion, celery and mushrooms for about 4 minutes. Then add the garlic (I didn’t add it at the beginning because it tends to burn if it is fried for too long). Cook down to give vegetables a brownish (not burnt) color.

Add tomatoes, cumin, cayenne pepper, Worcestershire sauce, fresh parsley, salt and pepper and about 2 Tbsp of chicken stock.

Carefully combine the cooked rice and vegetable mix. If the mix seems too dry, add more chicken stock little by little, giving it time to be absorbed. Put the lid on for about 5 minutes on low heat. Taste to check flavor and consistency.

Take it off the heat, add more salt if necessary and serve with some cornbread, if possible, and hot sauce!