Pizza Margarita en Florencia, Italia.

Tratar de no estancarme en la misma rutina culinaria, muchas veces puede convertirse en un verdadero desafío., porque cocinando bajo presupuesto, es muy fácil caer en la misma rutina repitiendo platillos.

 

Pollo y arroz, por ejemplo, representa zona de comodidad para mí (y creo también lo es que para muchas otras personas que cocinan comida casera).

 

Para ahorrar, compramos pollos enteros y los corto en partes. Siento que puedo sacar mas provecho del pollo que yo misma desmenuzo, que del que viene empaquetado en partes (paquetes de pechuga, piernas, muslos, etc.). He notado que regularmente termino cocinando algún platillo que incluye pollo y arroz por lo menos una vez a la semana.

 

Así que, hace unas noches, para salir de la rutina, decidimos divertirnos un poco con la cena y hacer pizza casera.

 

Mientras mi esposo y yo extendíamos la masa, en su debida forma circular, no muy perfecta, por cierto, recordé el viaje que hice con mi mamá por toda Europa hace un par de años; específicamente, recordé nuestro tiempo en Italia.

 

Comenzamos nuestra jornada italiana en Roma. Luego viajamos a Florencia por tren; después fuimos a Pisa y, finalmente, a Venecia. Pero fue nuestro tiempo en Florencia el que causó el mayor impacto en mi mamá y en mí.

 

Me di cuenta desde el principio que, a pesar de que mi mamá estaba en medio de una aventura viajando por Europa, no estaba tan dispuesta a aventurarse fuera de su zona de comodidad en un detalle. Estábamos en Roma cuando nos sentamos a comer y le pregunté si ella quería comer un trozo de pizza.

 

-¡Estamos en Italia, mamá! ¡Tenemos que probar pizza!

 

Pero ella simplemente se negó a comer pizza de cualquier tipo. Dijo que no le gustaba.

 

Así que en Roma, disfrutamos de otros platillos italianos – pastas, panes, calzones, carbonara, etc.

 

En Florencia, nos alojamos en un hotel que estaba en una zona céntrica, en donde pudimos salir y caminar a donde quisiéramos.

 

Entramos a diferentes tiendas y la gente local hablaba con nosotros – sin saber si hablábamos italiano – . Ayudaba un poco que yo he estudiado el idioma, y la única palabra que mi mamá sabía decir era “ciao”, así que ella constantemente saludaba y se despedía de la gente.

 

Un día, mientras caminábamos, viendo la hermosa arquitectura de Florencia, entramos a una tienda, y entablamos conversación con el dueño del establecimiento. Le dije que mi madre me había llevado a viajar por Italia; y el me dijo cuanto deseaba poder llevar a su madre a pasear por México.

 

Así que en mi italiano a medias, le pedí que nos recomendara un lugar en el que mamá y yo podíamos ir a comer. Le dije que quería ir a un restaurante que la gente local disfrutaba – no sólo a donde van turistas.

 

Nos dijo que en la “Piazza del Duomo” – la plaza junto a la Catedral de Santa María del Fiori (el Duomo), – habia un restaurante del que su amiga era la dueña, y que a menudo come ahí, nos prometió que disfrutaríamos la experiencia.

 

El chico nos acompañó a la zona de la plaza – a nuestra derecha estaba el Duomo, y a la izquierda había restaurantes, todos con mesas y sillas afuera de los locales, al aire libre, era tan “Italia”, tan perfecto, en un día con un clima tan precioso.

 

Cuando entramos en la explanada, hice lo que siempre hago cuando busco un buen lugar para comer: Busqué el restaurante con mas gente.

 

Qué coincidencia – el lugar con la mayoría de los clientes era el mismo lugar que nuestro nuevo amigo nos había recomendado.

 

Así que mamá y yo encontramos una mesa libre y nos sentamos.

 

Cuando nuestra camarera vino a tomar la orden, nos dijo de las ofertas del día, una de las cuales, era un descuento especial en pizzas. Me emocioné y voltee a mi mamá y le dije: “Mami, esta es tu oportunidad! Puedes probar su pizza!”

 

Ella finalmente empezó a ceder. Mi objetivo durante nuestro tiempo en Florencia era conseguir que mi mama probara pizza, y puedo decir que en ese momento lo estaba logrando.

 

“Si pruebo la pizza,” ella explicó. “Tiene que ser una sencilla.”

 

Asentí con la cabeza mostrando mi acuerdo.

 

“No me gustan todas esas capas de condimentos”, agregó. “Y la masa tiene que ser delgada. No me gusta la masa gruesa.”

 

Ella ni siquiera sabía que estaba describiendo un artículo con el que ya estaba familiarizada, pero la dejé que me explicara, y luego le dije que en el menú tenían Pizza Margherita (Margarita), que es una masa fina y crujiente con salsa de tomate, queso mozzarella y albahaca.

 

Ella pidió algún tipo de pasta, pero dijo que probaría mi plato e íbamos a compartir.

 

La camarera notó la vacilación de mi mamá cuando mencionamos la pizza, e inmediatamente le dijo: “Le va a gustar esta pizza!… Si no le gusta, no tiene que pagarla. Le prometo que le gustará.”

 

Cuando la comida llegó a la mesa, todavía tuve que hacer un poco de labor para convencer a mi mamá para probar la pizza, pero cuando ella finalmente dió la primera mordida a una rebanada, sus ojos se iluminaron como una noche de luna llena en Roma.

 

“¡Esto no es pizza!” Exclamó. “Esto es algo que nunca había probado antes.”

 

Era perfecta, desde la superficie de la masa, hasta la salsa y los condimentos; todo era como una sinfonía culinaria.

 

La salsa era dulce, pero perfectamente equilibrada, fusionando todos los ingredientes frescos, era una explosión de deliciosos sabores. La base era increíblemente crujiente.

 

Cuando la mesera regresó y nos preguntó sobre nuestra experiencia, mi mama le respondió con algunas nuevas palabras en italiano que había aprendido en el pasado.

 

“Bella!” Gritó ella. “Bellísima!”

 

La mesera quedo encantada por su respuesta, lo que provocó una especie de amistad entre nosotras tres. Mi mamá tendía a conseguir esa reacción por todas partes a donde íbamos – todo el mundo parecía genuinamente amarla y mostrarle mucho respeto en cuanto la conocían.

 

La mesera regresó con un postre especial, diciendo que era cortesía de la casa.

 

Después de otra breve conversación con ella, nos dimos cuenta de que la mujer que nos había atendido todo el tiempo era la dueña del restaurante – la misma persona, amiga del hombre que habíamos conocido mas temprano ese día.

 

Desde ese punto en el viaje hacia adelante, mi mama no quiso comer ninguna otra cosa, sino la Pizza Margherita, por todas partes a donde fuimos.

 

Volvimos al mismo restaurante varias veces antes de nuestra salida de Florencia, de hecho, mi mamá fue tratada como “Super Estrella” cada vez que regresamos. Ella tuvo una conexión especial con la gente de Florencia, aunque no hablaba el idioma, fue hermoso ver cómo la comunicación trasciende las palabras.

 

Yo estaba feliz de ver a mi mamá feliz. Me hace sonreír el solo recordarlo.

 

Nuestro tiempo en Florencia fue algo que nunca olvidare, y me ayudo a entender que la simplicidad de las cosas, muchas veces muestran otras cosas mas complejas.

 

Las comidas con los mas simples ingredientes, son muchas veces los mejores. En el mundo de las pizzas, en la vida. Puede ser que pienses que no tienes mucho que dar, no importa, mientras lo que sea que tengas, sea de la mejor calidad.

 

Igual que esta receta de Pizza Margarita!

 

Disfrútala!

 


 

Pizza Margherita (Margarita)

Masa:

 

1 Paquete de levadura activa

2 1/4 Tazas de harina de trigo

3/4 Tazas de Agua tibia

1 Cucharadita de sal

½ Cucharada de Aceite de oliva

 

Salsa:

 

5 Tomates pelados enteros o una lata de puré de tomate

2 Dientes de ajo

Un manojo de albahaca fresca

Un manojo de Perejil fresco finamente cortado

Un manojo Orégano fresco finamente cortado

1/4 Taza de Azúcar

2 Cucharada de aceite de oliva

Sal

Pimienta

1/3 Taza de queso Mozzarella. Si es fresco, córtalo en rodajas

 

PREPARACIÓN:

 

Masa: 

En un tazón mezcla la levadura, 1 Cucharada de harina y 1/4 Taza de agua tibia, cubre, dejando reposar durante unos 10 minutos (la mezcla debe obtener una textura cremosa pasados los 10 minutos).

 

Agregue lentamente la otra 1/2 Taza de agua, 2 Tazas de harina, aceite de oliva y sal, mezcle hasta que quede suave y un poco pegajoso. Si estas haciéndolo a mano, revuelve mezclando bien los ingredientes, amasando durante unos 5 minutos. La textura debe ser suave, elástica y un poco pegajosa.

 

Coloca en un recipiente engrasado y cubre con trozo de plástico. Deja reposar en un lugar fresco durante aproximadamente 2 horas.

 

Pre calienta el horno y ajusta a 475 * F, dejando las rejillas lo más bajo posible en el horno.

 

Si tiene piedra para hornear pizza, colócala en el horno de precalentamiento (475 * F)

 

Si no tienes piedra para hornear pizza, puedes utilizar una bandeja grande para hornear. Colocala en el horno para que se caliente mientras preparas la pizza afuera.

 

Corta una hoja de papel de horno (también llamado papel vegetal o papel sulfurizado), que sea del mismo tamaño de la bandeja en una superficie plana (en donde prepararas la pizza). Espolvorea un poco de maicena en el fondo y colocar la masa ya aplanada y con forma circular en la parte superior de la misma.

 

Si el borde de la masa se empalma con los bordes de la bandeja para hornear, intenta colocar la bandeja al revés (dejando la parte hueca hacia abajo).

 

Salsa de tomate:

 

En un sartén grande calienta (calor medio) el aceite de oliva. Saltea la cebolla y el perejil hasta que estén dorados, luego añade el ajo y el orégano durante unos segundos. Añade los tomates, aplastándolos, agrega sal y pimienta. Revuelve y deja hervir hasta que espese. (5-7 minutos)

 

Formación de la masa:

 

Una vez que esté listo para hornear la masa. Amásala, formando en una bola y aplástala, moldeándola y sobándola con tus dedos, estirándola en un forma circular delgada. Si es necesario, pon un poco mas de harina tus dedos. Trata de hacer la masa tan delgada como sea posible, alrededor de 1/16-inch o menos.

 

Extiéndela sobre el para hornear y deja reposar durante unos 10 minutos.

 

Montaje de la pizza:

 

Extiende la salsa, no en exceso, cuidando las orillas. A continuación, extiende el queso alrededor de la pizza, y hornear de 10-15 minutos.

 

Cuando la masa de la base se ha dorado (se ve crujiente), el queso es dorado y esta burbujeando está lista!

 

Cuidadosamente, saca la pizza del horno y transfiérela a una tabla de cortar. Dejar enfriar durante varios minutos.

 

Espolvorea las hojas de albahaca antes de cortar y a disfrutar!

 

Prueba esta receta y comparte con nosotros tu experiencia con #johastable 

Pizza Margherita in Florence

I try not to get in culinary ruts, which can be a real challenge. When cooking on a budget, a rut is a pretty easy thing to get in to.

Chicken and rice, for example, is a comfort zone for me (and many other home cooks, really).

To save money, we purchase whole chickens and break them down. I find that the chicken I butcher myself goes much further than a package of just breasts, or just quarters, and it costs less. I end up cooking a chicken dish with rice at least once a week.

So, in order to stay out of a rut, we decided to have a little fun with dinner the other night and made pizza with a homemade dough.

As my husband and I stretched the dough out into un-perfect circular shapes, I was reminded of the trip I took with my mother across Europe a couple of years ago; more specifically, I remembered our time in Italy.

We began our Italian leg of the trip in Rome, then we traveled to Florence by train; then on to Pisa and, lastly, Venice. But it was our time in Florence that made the biggest impact on my mom and me.

I realized early on that my mother, though on an adventure traveling through Europe, was not ready to venture out of her comfort zone. We were in Rome when we sat down to eat and I asked her if she wanted to have some pizza.

“We’re in Italy, mom! We have to have some pizza!”

But she simply refused to eat pizza of any sort. She said that she didn’t like it.

So in Rome, we enjoyed other Italian foods – pastas, breads, calzones, carbonara, etc.

In Florence, we stayed in a hotel that was in a centralized area and were able to leave and walk wherever we needed to go.

We walked into and out of different local shops and locals would speak to us – not knowing we didn’t speak Italian. Though I was learning the language, the only word my mother knew was “ciao,” so she constantly said hello and goodbye to people.

One day as we walked around looking at the beautiful architecture of Florence, we ventured into a shop and struck up a conversation with the shop’s owner. I told him my mom was bringing me across Italy; he said he wished he could bring his mother to Mexico and explore.

Then, in a very broken Italian language, I asked where my mother and I should go to eat. I told him I wanted to go to a restaurant that locals enjoy – not where only tourists go.

He pointed us toward the Piazza del Duomo – the plaza near the Cathedral of Santa Maria dei Fiori (the Duomo) – and told us of a restaurant where his friend was the owner. He said he often eats there and promised we would enjoy it.

The guy walked us to an esplanade area – to the right of us was the Duomo and to the left was a slew of restaurants, all with outdoor seating, which was so Italy, and so perfect on a day with beautiful weather like that one we were having.

As we walked out into the esplanade, I did what I always do when searching for a good place to eat: I looked for the restaurant with the most people.

What a coincidence – the place with the most customers just happened to be the place our new friend had recommended.

So mom and I found a table and sat down.

When our waitress came to take our order, she told us of the day’s specials, one of which was a special price for pizzas. I excitedly turned to my mom and said “this is your opportunity, mom! You can try the pizza!”

She finally started to cave in. My goal of the trip through Florence was to get my mother to try pizza, and I could tell I was beginning to wear her down.

“If I try pizza,” she explained. “It has to be something simple.”

I nodded in understanding.

“I don’t like all those toppings,” she added. “And the dough has to be thin. I don’t like the thick dough.”

She didn’t even know she was describing an item I was already familiar with, but I let her talk and then I told her I was going to get the Pizza Margherita, which is a thin, crispy dough with tomato sauce, mozzarella cheese and basil.

She ordered some type of pasta, but said she would try my dish and she would share some of hers with me.

The waitress noticed my mom’s hesitation at the mention of pizza and immediately told her, “you will like this pizza! If you don’t like it, you don’t pay for it. I promise you will like it.”

When the food arrived at the table, I still had to do a little convincing to get my mom to try the pizza, but when she finally bit into a slice, her eyes lit up like a perfect moonlit night in Rome.

“This is not pizza!” she exclaimed. “This is something I’ve never tried before.”

It was perfect, from the crust to the dough to the sauce and toppings; everything was like a culinary sonata.

The sauce was sweet, but perfectly balanced to meld with the fresh ingredients and exploded with flavor. And the crust was amazingly crisp.

When the waitress came back and asked us how the dining experience was, my mother chimed in with a few new Italian words she had learned.

“Bella!” she shouted. “Bellisima!”

The waitress was delighted by her response, which sparked a friendship of sorts between the three of us. My mom tended to get that reaction everywhere she went – everybody seemed to genuinely love her and showed a great deal of respect to her.

The waitress came back with a special dessert, saying it was courtesy of the restaurant.

After another brief conversation with her, we realized that the woman who had been waiting on us the whole time was the owner – the same person who was friends with the man we’d met earlier that day.

From that point in the trip forward, my mom didn’t want to eat anything but Pizza Margherita, everywhere we went.

We revisited the same restaurant several more times before our time in Florence was done, and my mom was treated like a superstar each time. She really connected with the people of Florence, even though she didn’t speak the language. It was beautiful to see how communication can transcend words.

I was really happy to see my mom really happy. I smile just thinking about it.

Our time in Florence is something I’ll not soon forget, and it helped me understand that sometimes a thing’s simplicity can show a real complexity.

The items with the simplest ingredients are sometimes best. In the world of pizza, and in life; you may not think you have a lot, but what you do have, you can make it the best quality.

Just like this recipe for Pizza Margherita!

Enjoy!


 

Pizza Margherita

 

Dough:

1 Package of active yeast

2 1/4 Cups of all-purpose flour

3/4 Warm water

1 tsp salt

1/2 Tsp Olive Oil

 

Toppings:

5 Whole peeled tomatoes or a can of tomato puree

2 Garlic cloves

A bunch of Fresh Basil

Fresh Parsley

Fresh Oregano

1/4 Sugar

2 Tsp Olive Oil

Salt

Pepper

1/3 Cup Mozzarella cheese. If it is fresh cut into slices

 

PREPARATION:

 

Dough:

In a mixing bowl stir yeast, 1 tablespoon of flour, and 1/4 cup warm water, cover and let it rest for about 10 minutes (it should get a creamy texture).

Slowly add the other 1/2 water, 2 cups of flour, olive oil and salt, mix until smooth and a little sticky. By hand, stir to blend and knead for about 5 minutes. The texture should be soft, elastic and a little sticky.

Place in an oiled bowl and cover with plastic wrap. Let it rest in a cool place for about 2 hours.

Pre heat oven and set to 475*F and set the rack as low as possible in oven.

If you have a pizza stone, place it into the pre heat oven (475*F)

If you don’t have a pizza stone, You can use a cookie sheet.

Cut a sheet of parchment paper the same size of the cookie sheet on a large cutting board. Sprinkle corn meal and place the dough on top of it.

If the edge of the crust tops the cookie sheet, try placing the pizza on a cookie sheet that has been turned upside down.

 

Tomato Sauce: 

In a large skillet heat (medium heat) the olive oil. Sauté onion and parsley until golden, then add the garlic and oregano for a few seconds. Add tomatoes, smashing them, and add salt and pepper. Stir and let it boil until it gets thick. (5-7 minutes)

 

Forming the dough:

Once you are ready to bake the dough. Knead it, form it into a ball and flatten, shaping and patting it with your fingers and stretch into a thin round disc. If it is necessary, re-flour your fingers. Try to make the dough as thin as you can, about 1/16-inch or less.

Spread over pan (or sheet parchment). Let it rest for about 10 minutes.

 

Assembling the pizza:

Spread the sauce, not in excess and taking care of the borders. Then spread the cheese, and bake it for between 10-15 minutes.

When the dough is browned, crispy, and cheese is golden and you see bubbles is ready!

Carefully, take the pizza out of the oven and transfer it to a cutting board, in order to serve it. Let is cool for several minutes.

 

Sprinkle your basil leaves before slicing and enjoy!

Johambalaya – Primer viaje a Estados Unidos (Louisiana)

Hoy, estaba revisando dentro de la nevera, pensando en ideas para la cena. Había algunos productos que sabía que tenía que usar pronto, antes de que expiraran, así que decidí experimentar poniendo verduras frescas de nuestro jardín, con arroz, salchichas y algunos otros artículos.

 

Cuando mi esposo volvió a casa del trabajo, entró a la cocina y abrí la olla para mostrarle mi “experimento”.

 

Vio dentro de la olla, y me dijo con indiferencia: “oh, hiciste jambalaya”.

 

“No”, pensé. No hice jambalaya. Acabo de cocinar arroz con tomates frescos, salchichas y otros artículos que tenía en la nevera.

 

Entonces pensé un poco más en su afirmación – me di cuenta que esa mezcla era básicamente jambalaya: una combinación de sabores “cajún” con arroz y carne.

 

Así que comencé a pensar en mis primeras visitas a los Estados Unidos.

 

En 2010, dejé mi trabajo como analista político para una firma de cabildeo en la Ciudad de México para convertirme en misionera. Asistí a un entrenamiento misionero en Singapur. La primera etapa de ese viaje inicial tuvo una parada de tres semanas en Louisiana – mi primera visita a Estados Unidos.

 

Fue de hecho, durante ese viaje que conocí al hombre que años mas tarde se convertiría en mi esposo.

 

Como una de los tres misioneros en nuestro camino de México a Singapur, fuimos invitados a un almuerzo/entrevista para el periódico local con “Mr. Williams.

 

Una adolescente de una de las iglesias que visitamos, Shelbi, nos dijo que había estado tomando clases de periodismo con el editor del periódico local, el Señor Williams.

 

En mi mente, cuando oí hablar del profesor / periodista, me imagine a un hombre viejo, probablemente aburrido. Sin embargo, cuando llegamos a la casa para el almuerzo me di cuenta que estaba muy equivocada – él era de la misma edad que yo, y no tenia nada que ver con lo que mi imagine.

 

Rápidamente nos hicimos amigos y nos mantuvimos en contacto a través de los años. Cada vez que yo regresaba a los Estados Unidos, el estaba en mi lista de amigos con los que trataba de encontrarme. También nos mantuvimos en contacto a través de Skype, correo electrónico, postales y FaceTime.

 

En ese momento, mi inglés no era muy bueno y me faltaba confianza en el idioma, así que no pensé que podría pronunciar correctamente su nombre de pila, “Aaron” (En ingles), así que simplemente siempre lo llamaba “Mr. Williams.

 

Durante ese viaje inicial a Louisiana, había una larga lista de cosas que los locales me dijeron que necesitaba hacer – y entre las prioridades de mi lista estaba comer ciertos alimentos, uno de los cuales era “jambalaya”.

 

También fuimos a un pantano, visitamos una plantación, probamos cocodrilo, disfrutamos beignets en Nueva Orleans, visitamos Louisiana State University (La Universidad Estatal de Louisiana), y vimos su mascota, Mike, el tigre que vive en el campus, entre otras cosas.

 

Aprendí que la gente en el sur de los Estados Unidos, especialmente en Louisiana, se enorgullece de su comida. Y Louisiana ofrece una mezcla única de sabores y alimentos. La primera vez que probé jambalaya fue en la ciudad de Gonzales, con una buena amiga, la señora Carolyn. Ella nos llevo a un pequeño lugar llamado “The Jambalaya Shoppe”, y no pude evitar ver el plato de arroz, su color y textura, y debatir mentalmente si debía o no meter la cuchara al plato.

 

Me recordó un poco al Arroz Con Pollo (un plato venezolano muy común en toda casa a lo largo del país), aunque su aspecto era un poco seco. El color tampoco era el mismo. Venia servido con pan como guarnición – no tenía sentido para mí, era arroz seco con pan seco… Ninguna de mis experiencias culinarias previas me decía que iba a disfrutar esto.

 

Pero como en cualquier otro momento que he probado nuevos alimentos en otros países, volteé a ver a mi alrededor cómo otros disfrutaban sus platos. Algunos añadían sal y pimienta, otros salsa picante, salsa Tabasco (Que por cierto es de aquí de Louisiana!), otros incluso colocaban el arroz en el pan. Pero una cosa que pareció unánime, es que lo disfrutaban y hacían verlo como un buen platillo. Así que tome una cuchara y comí, y para mi sorpresa, estaba húmedo y explotó en mi paladar un muy buen sabor.

 

Unos días más tarde, fui invitada a asistir a una reunión con otras personas de una iglesia en la misma ciudad de Gonzales. Cuando llegué allí y vi la variedad de alimentos, vi jambalaya de nuevo.

 

La probé, y aunque era diferente de la que había comido pocos días antes, también fue deliciosa. El color era más rojo que la primera, y parecía tener más carnes.

 

Me encontré comiendo jambalaya en casi todos los eventos que asistí a la zona de Baton Rouge durante ese viaje, y durante mis estancias en Louisiana en los últimos años.

 

Me di cuenta de que cada jambalaya era diferente. Cada vez que probaba el platillo, había algo nuevo, algo diferente – al igual que las personalidades de los chefs/cocineros que las prepararon.

 

Así que cuando mi esposo vio mi recién hecho platillo, y dijo que pensaba que parecía jambalaya, le dije que eso no era lo que había cocinado. Era un plato con muchas similitudes, aunque tenia toquecitos de mi ascendencia mexicano-venezolana, una pizca de mi propia personalidad, y un montón de “esto es lo único que teníamos en la nevera”! jaja

 

Se rió y dijo, “Oh, entonces es ‘Joha’-mbalaya.”

 

Así que aquí está la receta de jambalaya con mi toquecito personal… esto es Johambalaya!

 

 

JOHAMBALAYA

(2-3 personas)

 

½ Kg de Salchicha ahumada, cortada en rodajas

1/2 Cebolla roja, cortada en julianas

2 Tallos de cebollín picada finamente

2 Diente de ajo finamente picado

1 Tomate, picado en pedacitos

1 Tallo de apio

¼ Kg de Champiñones limpiados y cortados en mitades.

1 Taza de arroz

½ Taza de caldo de pollo

Una pizca de comino

Una pizca de pimienta de Cayena

1 cucharadita de Salsa inglesa

Un ramito de Perejil fresco

Sal

Pimienta negra

 

INSTRUCCIONES:

 

En un sartén grande, a fuego medio-alto, saltea la salchicha ahumada hasta que esté dorada por todos los lados. Saca del sartén y mantener a un lado.

En una olla separada, vierte 2 tazas de agua y lleva a punto de ebullición. Cuando el agua comience a hervir, agrega el arroz, agrega un poco de sal, baja la llama, y pon una tapa en la olla. Deja cocinar por unos 10 minutos. Una vez que es suave, retira del fuego.

En la sartén donde se cocinó la salchicha, con la grasa de la salchicha todavía en el sartén, saltea la cebolla roja y el cebollín, el apio y los champiñones por cerca de 4 minutos.

A continuación, agrega el ajo (no lo añadí al principio porque tiende a quemarse si se fríe durante demasiado tiempo). Cocina hasta que las verduras cambien a un color dorado (no quemado).

Agrega el tomate, el comino, la pimienta de cayena, la salsa inglesa, el perejil fresco, sal, pimienta, y aproximadamente 2 cucharadas de caldo de pollo.

Combina cuidadosamente el arroz cocido y la mezcla vegetal. Si la mezcla parece demasiado seca, añade poco a poco el caldo de pollo, dándole tiempo para ser absorbido. Pon la tapa durante unos 5 minutos a fuego lento.

Prueba para confirmar si es el sabor y la consistencia deseada.

Retira del fuego, agrega más sal si es necesario y sirve acompañado de pan de maíz si es posible, y la salsa picante!

 

Prueba esta receta y comparte con nosotros tu experiencia a través de #johastable

 

Spontaneous Vacation/Pineapple Rice

We were at the grocery store the other day and I was perusing through the fresh produce when I noticed some delicious looking pineapples.

I’ve selected fresh pineapple before, but the truth is I didn’t know how to pick out a good one. As I stood there fondling the prickly fruit, my husband returned from the other side of the store with a gallon of milk in hand. He placed the milk in our cart and realized I was staring at pineapples.

“I love pineapples!” he said, seemingly reading my mind. “We should get one.”

He reached into the pineapple display and grabbed a more-yellow-than-green-or-brown pineapple, brought it close to his face and smelled it, and then gently tugged at the leaf at the fruit’s top center.

He explained – and I later googled his facts to verify – how to pick out a ripe pineapple.

You can tell a pineapple’s ripeness by its color, scent and by gently tugging on a leaf.

The closer to ripe the pineapple gets, the more robust the scent. An unripe pineapple’s scent is faint.

Also, the top center leaf will easily pull from the fruit when fully ripened.

So we brought home a good, ripe pineapple, and my excited husband cut it open as soon as we got home and began eating the sweet tropical delight.

But I had more in mind than simply eating the pineapple alone. I was thinking of my time in Southeast Asia, and a dish that quickly became a favorite – Pineapple Rice. Pineapple Rice is basically fried rice with pineapple and shrimp.

Pineapple Rice is known as a popular Thai dish, but something I found out firsthand is the fact that, though it’s popularity is not in question, it’s not actually a Thai dish; which really confused me because nearly every Thai restaurant I’ve ever been to serves the dish.

But during my travels, I spent time in Thailand, where locals told me that Pineapple Rice is not part of their diet, nor do they consider it an actual Thai dish. In fact, I only saw the dish in restaurants in touristic areas.

I first tried Pineapple Rice in Singapore, in Golden Mile Complex – the Thai market in the city. And I ate the dish often during my time in Asia.

When I think about the dish, I think of my dear friend Bere.

Several years ago, Bere and I traveled together to Indonesia on a whim for a several days, for a relaxing miniature birthday vacation.

I had just gotten back to Singapore from a long work trip and was at home when my friend, Bere, began texting me.

After our greetings, I told her I was back at home and asked what she was doing.

It was a random Monday for her, so it was strange that she was able to communicate with me during work hours.

“I took the week off work,” she told me.

I replied, saying, “We should go somewhere!”

She upped the ante with a suggestion: “We should go to the beach!”

It was the middle of December, and my birthday was only a couple of days away and I had been gone for work, so I was planning to take the rest of the week off, so I agreed.

And just like that, we decided to leave and go to the beach; Bere suggested Bintan Island in Indonesia, which was a two-hour ferry ride from Singapore.

Within an hour after texting, we met at the ferry terminal, bought tickets and headed to Indonesia.

On the way, Bere made hotel reservations, and we were set.

At the hotel where we stayed, there wasn’t much around, so most of our days were spent napping in the room or lying on the beach.

The beach was beautiful, with crystal clear waters and golden sands.

To this day, that trip remains one of the most relaxing times of my adult life.

We spent a couple of days resting and relaxing at one of the most beautiful beaches in that area. And I ate lots of Pineapple Rice.

Bere is a vegetarian, so she was able to eat the dish as well – she just picked the shrimp out.

I remember trying other foods during that trip, and wasn’t impressed; but the Pineapple Rice was a continual delight.

So now, when I think of Pineapple Rice, I think about Bere and our spontaneous trip to Indonesia and how she remains one of my best friends and favorite travel partners.


 

PINEAPPLE FRIED RICE

2 -3 People

(All the ingredients are approximation, add or change ingredients to taste)

 

1 Cup of cooked white rice (cold, or day old if possible) – Check how to make a better rice

10 Shrimp

1 egg

1/2 Yellow onion finely cut in small pieces

2 Green Onions chopped

1-2 Medium-sized Tomatoes, seeded and chopped in 1/2 inches pieces.

2/3 Cup Fresh Pineapple, cut into 1/2 inches pieces. (*If you can’t find fresh pineapple, use canned pineapple drying with a napkin as much juice as you can.)

1/2 Cup of roasted unsalted cashews

1 tsp Soy sauce

1 tsp Fish sauce

1 tsp Curry powder

1 tsp Sugar

1 Sliced Cucumber for garnish

1 dash of White Pepper

1 dash of Salt

2 tsp Cooking oil (vegetable, olive or whatever you regularly use in your kitchen)

 

PREPARATION

Before starting, mix all the dry ingredients (curry, sugar, white pepper, salt) in a small cup. Mix wet ingredients (Soy sauce and Fish sauce) in a separate small cup. Set aside.

(You are free to skip this step and serve direct while cooking.)

In a big frying pan, heat on medium-high and sear the shrimp until pink and on all sides. Once it is ready, take it out of the pan, and drain the excess oil and set a side.

Using the remaining oil (and adding a little more if necessary), add the egg and scramble. When the egg starts changing color (half way cooked) add the rice and stir until it is mixed (around 2 minutes).

Add onions and mix for approximately 2 minutes.

Add dry ingredients (curry, sugar, white pepper, salt) and half of the wet ingredient mix (soy sauce and fish sauce), keep stirring until the rice grains are separated, and the seasoning has covered all the dish (about 3 minutes).

Add pineapple, shrimp, cashews and the other half of the wet ingredient mix. Stir approximately 3 minutes.

Once the pineapple is darkened and the rice is dry, turn off heat. Add tomatoes and the green onions.

Serve the rice garnishing with the whole shrimp on top and cucumber on the side as garnish.

 

Vegetarian version:

Omit the shrimp and egg (vegan)

Use coconut oil and add spice it up with some garlic and fresh ginger.

 

Try this recipe and share with us through #johastable

Vámonos de Pinta / Elote Cocido

 

Hace un par de semanas compramos maíz fresco de un mercado local. Mi marido tenía la intención de cocinar algo con él – ya fuera el pan de maíz de su bisabuela, o grits, o algo más. Honestamente, no recuerdo lo que estaba planeando cocinar; Pero a medida que la semana progresaba y la vida siguió avanzando, el maíz permaneció sobre la mesa, sin cocer.

 

El otro día estaba viendo las mazorcas y decidí hacer un bocadillo que atañe a mis raíces mexicanas – Elote Cocido.

 

Elote cocido (maíz cocido) es una merienda que se puede comprar en las calles mexicanas. A menudo consumida durante las celebraciones patrias. Es el maíz hervido en una mezcla cremosa, con queso, picante, insertado en un palillo.

 

Mi decisión de hacer esta botanita (pasapalo) trajo a mi mente, un recuerdo particular que inundo mis pensamientos: Recordé la única vez que “me fui de pinta” (me jubile/falte a clases) – cuando estaba en octavo grado (Segundo de Secundaria).

 

Nunca fui mala estudiante durante la secundaria – no tuve malas calificaciones; Nunca reprobé alguna materia. Yo era social; me llevaba bien con mis compañeros y maestros; participe en actividades extracurriculares, e incluso inicie un grupo de música (tocaba el “cuatro venezolano,’ un instrumento de cuerda muy parecido al ukulele).

 

Fui estudiante un poquito arriba del promedio, pero, sobresaliente hasta mi ultimo año de secundaria (noveno grado), cuando mis calificaciones tuvieron una mejora muy notable.

 

Un día, mi amiga Paty y yo decidimos irnos de pinta. Nadie sospecharía de nuestro plan.

 

Tenía que ser perfecto. Así que tomamos una semana para planear y preparar.

 

Podrías estar preguntándote ahora mismo, “¿Por qué saltar escuela?”.

 

Yo era una chica de iglesia que se llevaba bien con todo el mundo y trataba de portarme bien… pero siempre me ha gustado aventurarme, y he disfrutado los desafíos. Yo sabía que esto, haría subir mi adrenalina.

 

Así que después de nuestra semana de preparación, llegó el viernes cuando haríamos nuestra huida a la libertad. Fue sólo unas pocas semanas antes de los finales, por lo que el año escolar estaba por terminar.

 

Aquella era la semana de la “Feria de Ciencias” – por lo que había muchas caras de estudiantes y maestros ausentes en las aulas de clases, así que sería difícil para los prefectos saber por qué no estábamos en la escuela.

 

Salimos de nuestras casas vestidas con los uniformes escolares y nos reunimos afuera de la escuela. Nos subimos a un autobús y tomamos el metro, dirigiéndonos al tradicional lugar donde los niños se iban de pinta en aquel tiempo (no se si ahora lo sigan haciendo): Chapultepec.

 

Chapultepec está en el centro de la Ciudad de México, y alberga un bosque, parques, un zoológico, un castillo en una colina, un lago, un museo – un montón de cosas divertidas que hacer mientras no estas en clases. A veces, es referido como los “pulmones de la ciudad”, debido a sus vastas zonas verdes.

 

Cuando llegamos, vimos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta que muchos niños de otras escuelas tuvieron la misma idea que nosotras. Había un montón de niños, vestidos con uniformes de secundarias de todos los extremos de la ciudad.

 

Ciudad de México es la ciudad más grande del mundo, alrededor de 30 millones de personas viven allí, por lo que la probabilidad de que hubiera otros niños que decidieron saltar escuela ese mismo día era bastante alta.

 

Era un lugar fresco para simplemente ir a esconderse por un día.

 

Caminamos súper felices. Nos sentamos y tuvimos un picnic, comiendo lo que se suponía que era nuestros almuerzos para el desayuno.

 

Fuimos al zoológico y pasamos un par de horas ahí. Pasamos el tiempo simplemente caminando por el parque.

 

Después, llegamos al lago, y decidimos alquilar una canoa. Se veía divertido.

 

Pero alquilar una canoa resultó ser caro para nosotras.

 

Afortunadamente, mientras estábamos esperando que nos atendieran, empezamos a hablar con un grupo de muchachas que estaban formadas y venían de la parte sur de Ciudad de México. También se habían ido de pinta ese día.

 

Nos dijeron que necesitaban meter dos personas más en las dos canoas que ellas estaban alquilando, así que bien contentas saltamos dentro de su canoa!

 

Mientras estuvimos remando alrededor del lago con nuestras nuevas amigas, un grupo de niños de nuestra edad que venia en otra canoa nos vieron, y comenzaron a hablarnos.

 

Empezamos a bromear con ellos. Nuestras bromas eran inocentes y amistosas, y los muchachos nos preguntaron si queríamos cambiar de barco; algunas de nosotras entrar en su canoa, y algunos de ellos saltar a las nuestras.
La idea era que nuestro grupo se hiciera mas grande, y sumando a los chicos pasar el resto del día juntos con mas diversión.

 

Por alguna razón no me gustó esa idea. Yo era muy escéptica.

 

Eran buena onda (chéveres), pero yo no los conocía.

 

Así que yo, junto con algunas de las otras chicas, nos quedamos en nuestra canoa, mientras las chicas que querían mezclarse con ellos, se pasaron al otro bote. Nos pasaron sus mochilas, y otras pertenencias para hacer espacio, para la gente extra que estaría en su canoa. Paty era una de ellas.

 

Cuando los muchachos y las muchachas comenzaron a mezclarse en las canoas, un par de los chicos se pararon entre los dos botes y comenzaron a sacudir la canoa de las chicas.

 

Las otras chicas y yo vimos a una distancia segura, mientras su bote se sacudía y todas cayeron al lago. Incluyendo a mi amiga Paty!

 

El lago estaba asqueroso. El agua tenía un olor terrible, y una gruesa capa de algas verdes.

 

Después de que cayeron, tuvimos que rescatarlas. Las miradas de algunas de las caras de las chicas estaban llenas de devastación.

 

Yo no estaba tan devastada… Aunque fue feo para ellas, moría de risa!

 

Finalmente salieron del agua. Con un olor terrible… No pudimos rescatar su bote.

 

Encontramos algunos rociadores que se prendían automáticamente para regar los jardines alrededor del parque. En los que las chicas, incluyendo Paty, pudieron limpiarse un poco. Por suerte, Paty trajo una blusa extra ese día, y pudo al menos cambiarsela. Así, seguimos caminando un poco más, hasta encontrar algo de comida.

 

Teníamos mucha hambre, así que nos detuvimos en un puestecito para comprar elote cocido. Ese fue el aperitivo perfecto para terminar nuestro día en Chapultepec, y nos dirigimos a casa.

 

Por supuesto, en el camino a casa, pasamos a la Feria de Ciencias. Nos aseguramos de ser vistas por varios amigos y maestros, para así tener una coartada perfecta.

 

Fue un día divertido y memorable para mí. Y lo mejor de todo es que no nos cacharon!

 

Nuestro plan había funcionado, y tuvimos un día de libertad, hicimos nuevas amigas, tuvimos un montón de risas y una buena merienda.

 

Por desgracia, Paty tuvo una reacción alérgica grave en su piel, por la asquerosa agua del lago en la que cayo; por lo que no pudo salir de su casa por varios días.

 

Aun así, el recuerdo del día en que nos fuimos de pinta estará siempre en nuestros corazones.

 


 

ELOTE COCIDO

 

Esta botana es súper fácil de hacer. Estos son los sabores base de muchos platillos mexicanos, y hay muchas variaciones. Así que pruébalo, y se creativo!

 

Ingredientes:

 

Mazorcas de maíz.

 

Agua

 

Mantequilla

 

Mayonesa

 

Queso Fresco rallado (Si no puedes encontrar queso fresco, usa queso parmesano)

 

Chile en polvo (Chile piquín)

 

Limón

 

Sal

 

Pimienta

 

Palillos para brochetas (para insertar y sostener las mazorcas) – Yo no tenia palillos para brochetas, así que usé palillos chinos.

 

INSTRUCCIONES

 

Limpia el maíz

 

En una olla lo suficientemente grande en el que se puedan sumergir las mazorcas completamente en el agua. Hierva el maíz por cerca de 15 minutos, o hasta que el grano esté blando.

 

En un tazón o una bandeja, esparce el queso

 

Saca el maíz del agua con unas pinzas de cocina. Sostenlo con una toalla (para que no te quemes la mano) e inserta el palillo/brocheta en el centro de la mazorca.

 

Sosteniendo ahora por el palillo, extiende la mantequilla sobre el maíz y luego cúbrelo con una fina capa de mayonesa.

 

Coloca el maíz en el queso y ruédalo para cubrir todos los lados.

 

Sazona con sal, pimienta y chile piquín, al gusto.

 

Exprime el limón sobre el Elote y a disfrutar!

Skipping School / Elote Cocido

A couple of weeks ago we bought some fresh corn from a local market. My husband intended on cooking something with it – either his great-grandmother’s cornbread, or corn grits, or something else. Honestly, I don’t remember what he was planning to cook; but as the week progressed and life ensued, the corn remained on the countertop, uncooked.

So, the other day I was looking at that corn and decided to make a snack that speaks to my Mexican roots – Elote cocido

Elote cocido (cooked corn) is a Mexican street snack often consumed during national celebrations. It is boiled corn covered in a creamy, cheesy, spicy mix, eaten on a stick.

As my decision to make this snack recurred in my mind, one particular memory flooded into my thoughts: I remembered the only time I ever skipped school – back in my eighth grade year.

I was never really a bad student throughout prep school – I didn’t make bad grades; never failed a course. I was social; well-liked by classmates and teachers; participated in extracurricular activities; I even had a music group (I played the quatro, a stringed instrument like the ukelele).

I was an above-average student that made average grades – up until my ninth grade year when my grades began showing marked improvements.

One day, my friend, Paty, and I decided to plan a day of deceit. We were going to play hooky.

But it had to be perfect.

So we took a week to plan and prepare.

“Why skip school?” you may be asking. I was a church girl who got along with everyone and always played nice … but I loved adventures and challenges, and this, I knew, would get my adrenaline pumping.

So after our week of preparation, the Friday came when we would make our escape into freedom. It was just a few weeks before finals, so the school year was winding down. The week of the science fair – so there were many faces missing from classrooms. It would be hard for administrators to know that why we were not in class.

We left our homes dressed in our school uniforms and met outside of the school. We boarded a bus, and headed to the traditional hang out spot when kids would skip school at that time, Chapultepec.

Chapultepec is in the middle of Mexico City, and hosts a forest, parks, a zoo, a castle sitting atop a hill, a lake, a museum – plenty of fun things for us to do while not in class. It’s sometimes referred to as the “lungs of the city,” due to its vast green areas.

When we arrived, we looked around and realized a lot of other school kids had the same idea as us. There were tons of kids, clad in uniforms from schools on every end of the city.

Mexico City is the largest city in the world, with 30 million people living there, so the likelihood that there would be other kids deciding to skip school on that day was pretty high.

It was a cool place to simply go hide away for a day.

We walked around excitedly. We sat and had a picnic, eating what was supposed to be our lunches for breakfast.

We went to the zoo for a couple hours, and spent hours simply walking around the park.

Then we came upon the lake and decided to rent a canoe. It seemed like it would be a lot of fun. But renting one canoe proved to be expensive for us.

Luckily for us, while in line we had made friends with a group of girls from the southern part of Mexico City who were also skipping school that day.

They told us they could fit two more people in the two canoes they were renting, so we happily jumped in!

As we canoed around the lake with our new friends, a group of canoeing boys our age took notice of us and started talking to us. Our banter was innocent and friendly, and the boys asked if we wanted to switch boats – some of us go into their canoe, and some of them come into ours.

The idea was that the group of guys and the group of girls would hang out together the rest of the day.

I didn’t like that idea. I was skeptical. They were friendly, but I didn’t know them.

So I, along with a few of the other girls stayed in our canoe while the girls that wanted to mingle with the boys were in the other. They passed us their backpacks and other belongings to make room for the extra people that would be in the canoe. Pati was one of them.

As the boys and girls started intermingling in the canoes, a couple of the guys stood up and began rocking the boat.

I watched from a safe distance as the boat tipped over and everyone fell into the lake.

Including my friend, Paty.

Mind you, the lake was disgusting. It had a terrible smell and a thick layer of green algae.

After they fell in, we had to rescue them, which we did. The looks on some of the girls’ faces were filled with devastation.

I was less than devastated. Actually, I was laughing really hard!

They finally got out of the water. Very stinky. And we found some sprinklers around the park where all the girls, including Paty, were able to spray themselves clean.

Luckily, Paty brought an extra shirt that day, and she was able to change, so we walked around a little bit more before finding our way to get some food.

We were very hungry, so we stopped at a street vendor to have elote cocido. That was the perfect snack to end our day at Chapultepec, and we headed home.

Of course, on the way home, we made our way over the science fair. We made sure that we were seen so we’d have an alibi.

It was such a fun, memorable day for me. And what made it all the better is that we didn’t get caught! Our plan had worked, and we had a day of freedom, new friends, lots of laughs and a great snack.

Unfortunately, Paty had a bad allergic reaction on her skin from the disgusting lake water she had fallen in, so she was unable to leave her house for several days, but the memory of the day we skipped school will forever be forged into our memories.


 

ELOTE COCIDO

This one is really easy to make, but the flavors are the base of many Mexican foods, and there’s many different variations. So try it, and be creative!

 

Corn on the cob

Water

Salt

Pepper

Butter

Mayonnaise

Shredded Queso Fresco (If you can’t find queso fresco, use Parmesan cheese)

Chile Powder

Lime

Skewers to stick through the corn – I didn’t have skewers, so I used chopsticks

 

Shuck, clean and boil corn for about 15 minutes, or until corn is tender.

In separate shallow bowl or cookie sheet, place cheese

Remove corn from water and with a towel (so you don’t burn your hand) insert skewer into the cob. Holding with the skewer, spread butter on the corn then coat corn with a thin layer of mayonnaise.

Place corn in cheese and roll to coat.

Season with salt, pepper and chile powder, to taste.

Squirt fresh lime onto the elote cocido and enjoy!

Maita’s Arepas; How to make Arepas in 10 easy steps

Maita’s Arepas

We have a market near our home that sells locally grown fresh vegetables for great prices. Like green, red and yellow bell peppers for $ 0.69 each, or bags of large carrots for just $1.

It’s wonderful to my husband and I, because we budget a certain amount of money each week for groceries and also because it allows us to purchase great fresh produce for healthy meals.

Last week we bought some fresh sweet corn – my husband intended to either make grits or cornbread with it.

He didn’t.

But seeing the ears of corn reminded me of a time in my youth, when I lived in Venezuela. And they reminded me of my grandmother, Isabel. We called her “Maita.”

I remember visiting Maita knowing that she was going to cook arepas, a Venezuelan bread made from corn meal, thicker than a tortilla, but thinner than a biscuit. She would cook something different each visit, but one thing always remained a constant in her kitchen – the arepas. And when Maita cooked arepas, she made them from scratch.

Maita was from the countryside, but lived in a town, so her house was not like the countryside she grew up in. But she had a miniature farm of sorts.

She had ducks and chickens, all kinds of herbs and vegetables, several fruit trees – all on a small scale compared to the farm she and my grandfather, Abuelito Gabino, owned in another area.

She had a grinder on the corner of the heavy, red, wooden dining room table. She would use it to grind fresh coffee, corn, meats, and grains.

My brothers and I would fight over who would get to grind corn and coffee for her. Anytime we arrived at her home and saw the corn sitting on the table, we would get excited at the prospect of using the grinder!

I see now that she was subtly making us work, but at the time, we just thought it was fun.

So once the corn was ground, she would make corn flour, then would add the flour to some salt water and mix it. She never used measures, but cooked on sight, scents and tastes alone. Even if there were a recipe, she may not have been able to read it anyway.

Maita grew up in an era of dictatorship in Venezuela; an era when women were not permitted to attend school, so she never learned to read or write. But she was no fool, and nobody could make a fool of her.

Though she couldn’t read words, she could read people, and knew when others were trying to cheat her, which, as she grew older, rarely happened. People actually began to fear her because of her straightforwardness, sternness and stubbornness.

She, to me, was proof that nothing can limit you except yourself and your attitude toward life.

So, once the flour became a dough, she rolled the dough into balls and formed the arepa discs with her hands. Her hands were like decades of life lessons and large family gatherings.

As a young woman, she adopted four of her nieces and nephews after their mother – her sister – died. So while in her early-to-mid 20s, Maita was caring for her mother and four children, all by herself. She went on to marry Gabino by age 30.

For years before marriage, she honed her culinary skills out of necessity.

She used her hands for everything.

I remember each arepa having indentions of Maita’s small-but-strong fingers.

Her fingers were as strong as her will – a will that decided life wasn’t going to determine her success or her children’s success. A will that never allowed her to give up.

In fact, once married, she and Gabino had 3 sons and a daughter. All of whom went to college, graduated and had families.

She proved to me that your limitations don’t have to be your offspring’s limitations.

She would cook the arepas on a dry skillet and never used a spatula. She would flip each arepa by hand.

She even used her hands to discern if the arepas were ready. She had a way to tell when each arepa was finished – she would pick them up and slap them with her finger. She’d determine the arepa’s readiness based on the thumping sound it made.

She always made 2 giant arepas for Abuelito’s lunch, and even when we weren’t there to help her cook, we would eat her arepas because every day she’d send a basketful home to us by way of my father.

She lived into her 80’s and died in 2007, just a couple of years after my family moved to Mexico.

Maita loved cooking. She loved cooking arepas. But most of all, she loved cooking arepas for us. It was one of her many ways of showing how much she loved us.

 

Now, I’ll give you a quick tutorial of how to make arepas like Maita (without the fresh ground corn)!

 

* (In the US or other countries: You can find “Harina PAN” -A special Corn meal for arepas- in Latino stores or supermarkets with a wide variety of international items).


 

How to make arepas in 10 easy steps (tutorial with picture guide)

  1. 1 Cup of warm water (this is for enough arepas for 2 people) in a medium-sized mixing bowl.
  2. Add a teaspoon of salt to warm water.
  3. Slowly mix Harina P.A.N. into water

File May 17, 10 28 00 PM

until smooth

File May 17, 10 28 53 PM

until it thickens (into mashed potato-like consistency).

4. Let sit for a few minutes while you turn on the stovetop or griddle to medium-low heat and prepare your non-stick pan.

5. Roll dough into balls

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6. Flatten dough ball into arepa

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7. Place arepas on cooking surface on medium-low heat

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8. Cook approx. 7 minutes on each side (this really depends on the pan, but see photo below for what arepa should look like)

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and cover to keep moisture in

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9. Remove from heat once they are ready. You’ll know they’re ready when they make a hollow sound when thumped in the center (see video below)

When arepas are ready

10. Cut open and fill with cheese, meat, or anything you want and enjoy!

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